La forma en que cuaja la escisión prueba su causa profunda
reproduce el texto del capítulo 8 del libro de Justo de la Cueva La escisión del PNV. EA, HB, ETA y la deslegitimación del Estado español en Euskadi Sur, Txalaparta, Bilbao, 1988.Digitalizado por ARGALA TALDEA para la RED VASCA ROJA.
8.3. En el nº 4 de Cuadernos de Alzate revela el rebajado que el Estatuto hace el PSOE.
En plena campaña electoral para el 30.11.986 aparece el nº 4 de Cuadernos de Alzate. Es por ello, claramente, un número de combate, un arma electoral. Su contenido resulta altamente ilustrativo del talante con el que el PSOE afronta la nueva situación, valora la escisión y, lo que especialmente nos importa ahora, de que forma concibe ahora el PSOE el Estatuto. Hasta qué punto su concepción de hoy degrada el Estatuto dibujado y pactado en 1979, y, por ello, resulta una prueba de que la causa profunda de la escisión del PNV es el fracaso del Estatuto.
Hay que apresurarse a decir que la miseria teórica del socialismo español es un lugar común en los estudios y el mundo académico. Y que este nº de Cuadernos de Alzate es una patética demostración de que esa histórica miseria teórica del PSOE está elevada al cubo en la hora presente.
En la introducción de Manuel Escudero, el director de la Revista, se marca ya la adopción de la imbécil hipótesis que explica la escisión del PNV como una pelea de personalismos.
"Cualquier espectador externo, presentado con tal panorama, tendría –y tiene –dificultades para entender el drama y su desenlace. Si hemos de responder a cualquier persona ajena a la vida política diaria del País Vasco acerca de por qué se ha producido esta situación debemos recurrir a la tesis de las rivalidades entre los líderes y de una rápida polarización de lealtades en torno a los mismos. Sin embargo esa explicación no puede ser satisfactoria al ciento por ciento, algo le falla.
A un nivel más profundo quizás se pudieran invocar razones organizativas, diferentes concepciones, mantenidas por peneuvistas o expeneuvistas, acerca de la estructura y modo de funcionamiento de su partido. Pero las escisiones parece que siempre toman la forma de conflicto orgánico, aunque tienen un fransfondo ideológico y político.
Y sin embargo esta es la verdadera esfinge que nos mira sin desvelar su secreto: casi se puede asegurar que entre las dos facciones hoy en contienda no existen conflictos ideológicos de fondo –como bien apunta A. De Blas en su artículo.
Es más, el tipo de conflicto que en los años 10 de nuestro siglo dió origen a la escisión entre Partido y Comunión Nacionalistas –acerca del modo de relacionarse con España –hoy no se plantea; este aspecto destaca muy oportunamente en el estudio de Sira García y Jesús Abad. No cabe, tan siquiera, hablar en el País Vasco de nacionalismo moderado y radical –como señala Javier Garayalde -, quien distinguirá en todo caso entre nacionalismo pacífico y violento.
Si no son los conflictos ideológicos, ¿cuál ha sido la causa de la crisis nacionalista?
Lo que quizás sí se puede asegurar es que ambas ramas del árbol del nacionalismo tienen algo en común: su indefinición estratégica –o dicho en otras palabras, no saber exactamente lo que debería ser el País Vasco en el futuro, si un Estado independiente, un Estado confederado, un Estado Federado o una Comunidad Autónoma que funcione." (196).
En la página siguiente Escudero hace un increíble ejercicio panglossiano afirmando que todo va bien en la democracia española. Que de qué se quejan los vascos. Que no hay motivos para el conflicto de los vascos con el Estado español. Para de ello deducir que la causa de la escisión son los personalismos ahora ya sin las reservas y cautelas antes señaladas:
"Volvamos al hilo argumental: el único denominador común del nacionalismo vasco sea PNV sea EA, es su indefinición estratégica.
Ahora es necesario añadir un segundo paso en el razonamiento: cuando la colectividad española no ha sido sensible al nacionalismo –y de esto el ejemplo más sangrante fueron los cuarenta años de Franquismo –el nacionalismo no precisaba de una definición estratégica. Se bastaba con un programa antifranquista, por las libertades y la democracia y punto. Pero cuando España ha pasado a ser democrática, cuando se ha realizado una de las reestructuraciones del Estado más ambiciosas de la historia contemporánea de Europa mediante la creación del Estado de las Autonomías, cuando se ha puesto en pie en el País Vasco una autonomía que para sí quisieran los nacionalistas escoceses con su proyecto de "devolution" que no pudo prosperar, el nacionalismo vasco no puede seguir con un programa estratégico de resistencia, negativo, contra el centralismo español. Los agravios disminuyen, las reivindicaciones se vacían de contenido, el movimiento nacionalista se queda sin norte.
Y es precisamente en este contexto de estancamiento ideológico y político, donde puede surgir y erigirse en causa explicativa del proceso al que asistimos la incompatibilidad de caracteres, la falta de entendimiento personal, los conflictos de liderazgo con todo su ropaje de conflicto orgánico y de polarización de lealtades" (197).
El catedrático Andrés de Blas publica en el nº de Cuadernos de Alzate que comentamos un artículo titulado:"El PSE-PSOE ante una opción de Gobierno". De Blas, que es uno de los autores que ha demostrado más crasa ignorancia de la realidad vasca cuando ha escrito sobre ella, afirma en el artículo:
"LA CRISIS NACIONALISTA
Sean cuales sean las simpatías o antipatías que se tengan por el PNV, no parece arriesgado señalar su escasa eficacia como proyecto político capaz de sacar a Euskadi de su crisis. La división del partido, ello es indudable, refleja antagonismos personales de carácter muy elemental, sin duda favorecidos por los particulares usos y hábitos políticos en que ha vivido la política vasca desde los inicios de la transición. Sin embargo, la división entre nacionalistas moderados y nacionalistas radicales seguidores de Garaikoetxea no pude llevarse, guste o no, muy lejos. El presidente Ardanza no ha tenido inconveniente en recurrir a la "traición socialista" como causa explicativa de la crisis de su gobierno; X. Arzalluz ha pasado, sin solución de continuidad, de la defensa de los muy altos márgenes de auto-gobierno amparados por el Estatuto de Guernica a la defensa de una soberanía que, en términos reales, no es otra cosa que la defensa del derecho de secesión para Euskadi. Cuando se considera la composición del llamado sector radical liderado por Garaikoetxea, se hace patente el apurado sincretismo de posiciones significativamente diferenciadas, solamente aglutinadas por la fidelidad al líder derrocado y por la inevitable obligatoriedad de tomar partido ante una reyerta generalizada.
De acuerdo con lo anterior, pienso que la crisis peneuvista debe ser examinada no tanto por el significado de las dos facciones generadas, sino por lo que implica de agotamiento de un proyecto populista, tentado permanentemente de prometer todo a todo el mundo y que solamente parece adquirir congruencia practicando la perversa dialéctica amigo-enemigo concretada en el enfrentamiento de los nacionalistas vascos con el resto de la sociedad vasca y el conjunto de España.
La crisis peneuvista debe suponer la pérdida para el nacionalismo del apoyo de un centro-derecha no nacionalista que, tan eficazmente ha contribuido a afirmar la hegemonía del PNV. Es cierto que la inexistencia de unas organizaciones políticas adecuadas para ese centro-derecha supone un balón de oxígeno para el PNV, circunstancia que debe agradecer tanto el terrorismo de ETA como a los errores del centro-derecha español. Con todo, hay que suponer que la fuga hacia la abstención y el parcial apoyo al PSE de ese conglomerado político, se traduzca en un descenso del voto nacionalista no controlado por Herri Batasuna " (198).
En este texto deben destacarse 4 cosas: 1) la "luminosa" explicación de los personalismos; 2) el reconocimiento de que la escisión ha tenido como efecto que las dos partes escindidas, para demostrar que no son culpables de lo que ha sido su causa, rivalizan en defender la soberanía de Euskadi; 3) la muy interesante confesión de que el PSOE cuenta con el voto "espñaolista" de los electores de CP vascos; y 4) el error del pronóstico de que la suma PNV-EA obtendría menos votos que los que logró el PNV en 1984.
Una afirmación interesante contiene el artículo de De Blas. La de que:
"Como me he permitido señalar en otro lugar, el PNV ha sido un agente constante y eficaz de deslegitimación del Estado desde los inicios mismos de la transición".
Ludolfo Paramio, el antiguo izquierdista incorporado al PSOE y devenido "intelectual orgánico de la OTAN", publica un artículo de pretencioso título: "La crisis del nacionalismo y el futuro de la nación". En el que sostiene la muy marxista (¿¿??) tesis de que el conflicto de la escisión se debe al enfado entre dos individuos:
"La crisis del PNV no es una consecuencia del enfrentamiento entre dos concepciones distintas del nacionalismo, sino del choque de dos personalidades incompatibles. No se trata de reducir la historia a meros factores personales, sino de reconocer que, a veces, los individuos pueden determinar el curso de la historia a corto plazo. En especial cuando, como en el caso del nacionalismo vasco, el marco ideológico que debería haber sentado las reglas de juego comunes estaba, desde su mismo nacimiento, preñado de contradicciones irresolubles, incluyendo una componente de intolerancia hacia el enemigo externo que se traslada, sin solución de continuidad, a los enfrentamientos internos…
Se podría caer así en el más negro de los pesimismos. Si la escisión del nacionalismo dificulta la gobernabilidad y no resuelve su confusión ideológica, la crisis actual sería el comienzo de una caída sin fondo. Pero no tienen por qué ser necesariamente así. La propia crisis del PNV, nacida de personalismos y problemas de aparato, puede ser el síntoma de la profunda desadaptación de la ideología nacionalista a los problemas actuales de la nación vasca, puede ser el comienzo de la descomposición de una ideología que ya no permite la resistencia (contra un enemigo cada vez más artificioso) ni la construcción de la nación" (199).
Javier Garayalde, "Erreka", publica un artículo titulado "¿Es posible realmente un nacionalismo moderado?" respecto de cuyas increíbles afirmaciones sobre las relaciones entre el nacionalismo y la izquierda y sobre la poca importancia de las diferencias entre los diversos nacionalismos resulta preciso hacer un fuerte esfuerzo para abstenerse de polemizar.
Pero lo que aquí nos importa es resaltar lo que ese artículo revela. Es ejemplar, en efecto, el reconocimiento que Garayalde hace de la rendición incondicional de los partidos de la oposición antifranquista española a las exigencias de los poderes fácticos supérstiles en el postfranquismo.
"En efecto, una de las características más específicas de la transición española ha sido lo rápidamente –habría que decir casi instantáneamente –que los partidos tradicionales de oposición a la dictadura abandonaron gran parte de los contenidos simbólicos que durante tantos años habían constituidos su identidad. La transición no fue desde luego una ruptura –aunque rupturas como la señalada hubo algunas –ni tan siquiera fue explícitamente pactada, pero desde luego hubo por medio una importante transacción. Sólo desde el propio Movimiento Nacional se podían desmontar sin ruptura jurídica las estructuras del régimen franquista, y sólo desde los grupos de oposición se podían arriar las banderas simbolizadoras del combate antifranquista" (200).
Y es significativo que subraye, reprochándoselo, que el PNV no había ni aún ha hecho similar desmantelamiento de su identidad política. Dice Garayalde:
"Pero el PNV no tuvo necesidad de abandonar, ni tan siquiera de variar lo más mínimamente, sus contenidos, simbólicos. Nadie se lo exigió, nadie le dio tampoco especial relevancia a tal hecho. Los resultados del 15-J hicieron creer a los dirigentes de la política española el espejismo de que el nacionalismo podía no alcanzar una clara hegemonía electoral. El PNV fue marginado de la ponencia constitucional, nada más que por una insignificante cuestión de reglamento sobre los grupos parlamentarios, y no pudo tener la presidencia del Consejo pre-autonómico porque los números, es cierto, no llegaban" (201).
Con un desprecio muy característico por los hechos, Garayalde olvida –y desorienta con ello a sus lectores –que en 1977 el PNV sí fue la primera fuerza por el número de votos logrados en las tres provincias vascongadas y la presidencia del CGV solo le fue arrebatada por el vuelco de los votos de UCD a favor del PSOE. A renglón seguido Garayalde hace dos reveladoras afirmaciones:
"Los resultados en Euskadi del referéndum constitucional y las elecciones de marzo de 1979 con el descenso de los partidos estatales y la irrupción de HB en el escenario deshicieron bruscamente tal espejismo. Así, de golpe y porrazo, en el momento en que se está discutiendo el anteproyecto de Estatuto de autonomía, el PNV ya no aparece como el antagonista principal del poder central, desde la perspectiva de Euskadi se entiende, sino como un mediador, como un factor de moderación ante el incomprensible fenómeno de que ETA, una organización para la cual no había pasado nada, no había cambiado nada y seguían mandando los epígonos de Franco, y que actuaba en consecuencia, alcanzara el apoyo electoral que alcanzó. Ahora se afirma que hay artículos del Estatuto de Gernika que no se pueden aplicar, es decir, que se consideran anticonsitucinales, aunque tampoco se puedan recurrir. Lo cierto es que entonces el proyecto de Estatuto se negoció no ya sin grandes trabas políticas, sino que ni siquiera se discutieron especialmente algunas minucias jurídicas. Las ochenta o noventa objeciones que había presentado el PSOE desaparecieron como por ensalmo ante la inevitabilidad de tener que repetirlas frente al Estatuto catalán, con el PSC como primera fuerza política. Así pues, todo se resolvió a las mil maravillas y los resultados de las primeras elecciones autonómicas ratificaron el triunfo del PNV y el nacionalismo y la afrenta y escarmiento para los partidos estatales. Huelga decir que en la transacción del Estatuto el PNV tampoco se vio obligado a poner sobre la mesa ninguno de los contenidos simbólicos de su mensaje. Eso también eran minucias y además, estaba ya suficientemente presente el fantasma de ETA."
Garayalde hace en su artículo una interpretación de la crisis del PNV que, pese a su torpeza, tiene que incluir:
Dice al respecto Garayalde:
"Contempladas las hipótesis anteriores no es aventurado presumir que, carente el PNV de un proyecto para integrar y construir una nación, capaz de suscitar adhesiones en la sociedad civil pero incapaz de articularla, reducida su capacidad de maniobra a negociar unos cuantos miles de millones con Madrid, para luego tener que repartírselos con las diputaciones, acogotado por la amenaza que el mundo de HB y ETA representa para su discurso nacionalista, y puestos en cuestión su modelo de partido y de liderazgo, el asunto tenía que estallar, y ha estallado por el flanco más débil, el único que a fin de cuentas quedaba íntegro dentro del territorio de su soberanía. Y aún así, ese proceso se ha estado gestando durante casi tres años hasta resolverse" (202).
Pero lo que más nos interesa subrayar del artículo de Garayalde es el reconocimiento explícito que hace del fracaso del Pacto de Legislatura y la continuación del "parón autonómico" que ha supuesto el fracaso de la segunda apuesta del PNV por el Estatuto:
"Se hace necesario detenerse por un momento en el más reciente de tales intentos, el Pacto de Legislatura entre el Gobierno del PNV y al PSE-PSOE. No caben demasiadas dudas hoy de que el susodicho pacto ha resultado ser un fracaso, a pesar de sus virtualidades y de las expectativas que levantó, y a pesar de la buena voluntad de los que lo intentaron en serio.
No deja de llamar la atención el hecho de que tal Pacto, en lugar de ser un acuerdo entre dos partidos para apoyar a un gobierno, aunque fuera monocolor, haya sido un acuerdo entre un gobierno y el principal partido de la oposición. Esta distinción, quizá carente de relevancia en cualquier otro lugar, es importante en Euskadi si se considera ese recelo ya señalado del PNV hacia la actividad política pública, el explícito sometimiento del gobierno a los dictados del partido, es decir, del EBB, y el también explícito desmarque del pacto que hizo el EBB casi en el mismo momento de su firma. Lo cierto, y a los hechos hay que remitirse, es que a pesar del pacto de legislatura, ni se ha cumplido el proceso de transferencias, ni se ha llegado a acuerdos estables entre el Gobierno central y el autonómico, ni ha disminuido en absoluto la agresividad verbal del PNV, ni han cesado las veleidades de éste sobre la negociación política con ETA.
Todo eso significa que en realidad no ha habido tal pacto, es decir, no ha habido transacción alguna, sino únicamente una cierta tregua por parte del PSE como partido de oposición en el parlamento vasco, que ha dejado al PNV las manos libres para resolver, a su manera, la crisis que se había instalado en su interior. La forma de dar por terminado el pacto, con motivo de las elecciones anticipadas, ha sido desde luego una demostración preclara del carácter puramente instrumental y a cortísimo plazo, casi de una simple finta parlamentaria, con que el PNV lo ha concebido. Como siempre y una vez más, la culpa –de la desestabilización –la tiene Madrid, o los partidos que representan a Madrid, aunque en esta ocasión el trasfondo era lo suficientemente evidente como para hacerles compartir tal responsabilidad con los disidentes" (203).
José Ramón Recalde (luego miembro del Gobierno de coalición PNV-PSOE, aportado por el PSOE) publica un artículo con el significativo título de "La afirmación del Leviatan" en el que de nuevo se reconoce que en Euskadi está planteada una cuestión de legitimación del Estado español. Aunque sólo lo haga Recalde para relegarla a inútiles coces contra el aguijón:
"Las reivindicaciones de soberanía nacional, o de autodeterminación, para comunidades que viven dentro de nuestra sociedad política –las tesis nacionalistas –suponen el planteamiento de un requisito de legitimidad que, si se hace absoluto, resulta irreconciliable tanto con la fuerza como con la legitimidad de base del Estado. Como enfrentadas a la fuerza del Estado sólo son viables si son lo suficientemente fuertes como para derrotarle. En nuestro caso la fuerza del Estado es incomparablemente superior a la de los movimientos nacionalistas; de ahí se deduce que la posición del nacionalismo no violento de negar el carácter de proyecto común que tiene la construcción de la sociedad política, es una retórica que provoca en los poderes públicos el endurecimiento centralista y en la propia sociedad civil la paulatina y progresiva conciencia del irrealismo del proyecto. La posición del nacionalismo violento no añade más posibilidades de victoria por el hecho de que los medios sean los de la fuerza; a lo sumo incrementa el ejercicio de la violencia en el Estado y, lamentablemente, cada vez con más asentimiento de la sociedad. Una y otra actitud son, por tanto, coces contra el aguijón" (204).
Solozabal firma un artículo titulado "La pacificación del Pueblo Vasco" en el que, aparte de prefigurarse el Gobierno de coalición PNV-PSOE, se trasluce demasiado la mezcla de forzado optimismo e inevitable pesimismo con que afronta la todavía necesaria legitimación del Estado español y la necesidad de que el PNV acepte los recortes del Estatuto, la negación de su carácter de pacto político y la aceptación de las limitaciones que en el futuro tenga a bien imponerle un órgano español (el Tribunal Constitucional).
Solozabal proclama la autosatisfacción que experimentan los valedores del Estatuto por su eficacia como legitimador del Estado español en Euskadi.
"No hay evidentemente, no puede haber, contraposición entre autogobierno, pleno autogobierno vasco y constitución, porque aquél se ejerce en el marco de ésta y ésta se desarrolla en la actuación de aquél. Puede haber en ocasiones dificultades en la acomodación, discusión en lo que se refiere a las exigencias de uno y otro principio. Pero no hay duda de la congruencia fundamental entre ellos.
La expresión y el instrumento fundamental del autogobierno vasco en el Estatuto de Guernica, que contiene la fórmula de integración del pueblo vasco en el Estado común, como en el pasado el sistema foral posibilitaba la inclusión de Euskalerria en la planta política de la Monarquía española.
No pueden albergarse dudas sobre la idoneidad de este instrumento de autogobierno y al mismo tiempo de integración de Euskadi, que ha acentuado la potencialidad política y cultural del pueblo vasco, como jamás éste había conocido."
Pero a renglón seguido Solozabal tiene que reconocer la subsistencia de un grave problema de legitimación del sistema autonómico:
"El sistema de autogobierno vasco (con esa doble proyección interna y externa de que antes he hablado) sólo puede afirmarse efectivamente a partir de la legitimación de sus posibilidades y la convicción cada vez más extendida y profunda de las mismas en toda la comunidad vasca: sin duda los agentes difusores de esta legitimidad han de ser principalmente socialistas y nacionalistas, de cuya contribución al respecto luego diré algo.
PERO NUESTRO SISTEMA POLÍTICO debe de esforzarse por incorporar a su arena a todos los ciudadanos vascos, aunque parte de éstos no atribuya la que podríamos llamar legitimidad material, o crédito político al sistema estatutario.
El sistema político no puede excluir de la vida política a nadie, salvo a los violentos, pues todas las pretensiones son legítimas siempre que descarten para su realización a la violencia.
Porque la política es la negación de la violencia, es la decisión sobre la vida de la comunidad basada en el argumento y la transacción, no en la imposición y las pistolas.
En nuestra historia cultural el estadio de civilización lo alcanzan los pueblos cuando en su seno se renuncia al uso privado de la violencia, cuando el uso de la fuerza física se segrega en manos públicos, cuando sólo el estado dispone de la violencia y la administra legítimamente, exclusivamente en los casos y en la forma prevista en el derecho y de modo responsable, esto es bajo control tanto político como judicial.
En estos momentos en Europa seguramente no hay un grado de descentralización efectiva como en el Estado español –ni tampoco hay una autonomía financiera en ningún estado federado como de la que dispone Euskadi -; ni hay un sistema jurídico-político tan abierto como el español, que posibilita la reforma total o asimilada de la Constitución.
Cualesquiera tesis política sobre la organización del Estado en su conjunto o de alguna de sus partes en concreto, puede ser defendida: sólo la forma de su defensa –la violencia –puede colocar fuera de la ley a sus partidos.
PERO SI ESTO ES ASÍ, si en conjunto el sistema institucional de reconocimiento del pluralismo territorial es substancialmente correcto –aunque se podría pedir un acentuamiento de los rasgos federales del mismo: esto es una mayor intervención del Senado, convirtiéndola en verdadera cámara de representación territorial; y una coordinación efectiva entre instancias políticas centrales o generales y autoridades periféricas, en este caso vascas, ¿por qué no funciona mejor el sistema? ¿por qué asistimos continuamente a un espectáculo de confrontación y recelo, antes que de colaboración y acuerdo? ¿Y por qué la violencia sigue teniendo valedores, aunque estos efectivamente hayan disminuido?
Las diferencias en el rendimiento del sistema político vasco quedarían resueltas si éste se viera reforzado en su legitimidad, lo que a su vez implicaría la descalificación progresiva de los violentos.
Porque las oportunidades de los violentos evidentemente aumentan cuando mayor es el déficit de legitimación del sistema.
Pienso que este déficit de legitimación del sistema autonómico sólo puede resolverse con un pleno compromiso, sin fisuras ni reticencias, con el mismo de nacionalistas y socialistas vascos; y ello requiere una aproximación de posiciones entre ambas formaciones políticas, y sobre todo de sus mentalidades: no se trata tanto de una coexistencia, incluso de una relación de buena vecindad, sino de una auténtica convivencia.
Si esta aproximación no se produce el sistema político vasco adolecerá de legitimación suficiente, disminuirá su eficacia y las chances de los violentos serán mayores" (205).
Una lectura atenta del completo texto de Solozabal permite observar que rezuma, a la vez, dos convicciones.
Implícitamente porque al definir como una de las dos "condiciones necesarias y casi suficientes para asentar una verdadera paz" la lealtad autonómica del Estado español Solozabal está implícitamente reconociendo que tal lealtad autonómica del Estado español no se produce. Dice así:
"Al Estado central hay que pedirle lealtad autonomica: reconocimiento de la personalidad política vasca, renuncia a recortes competenciales, embozados o manifiestos, del autogobierno vasco. Realización de una política cultural, a través de los medios de comunicación, que no avasalle ni agobie las propias de las nacionalidades y regiones.
Potenciación y protección de las señas de identidad vasca, por tanto; y actuación ejemplar en todo momento y en todo caso de acuerdo con las exigencias de un Estado de Derecho" (207).
Explícitamente porque Solozabal reconoce que, hoy como ayer, el PSOE en Euskadi no ha entendido la
"transcendencia política de la defensa de la identidad vasca.
No es, conviene repetir hoy, rechazable el nacionalismo pror ser nacionalismo; ni es inevitablemente intolerante el nacionalismo; ni el nacionalismo es un monstruo de sinrazón y egoísmo.
No confundamos el nacionalismo con sus excesos.
Es por el contrario muy difícil prescindir del nacionalismo: a un nacionalismo –arquetipo de la irracionalidad y cerrazón –se suele oponer otro, inconscientemente, pero con la misma fuerza e intransigencia.
No excluyamos la legitimidad del nacionalismo. Hablemos, y practiquemos, la compatibilidad, la integración, la convivencia de los nacionalismos" (208).
Solozabal resulta casi patético en su lucidez. Cuando haya leído los artículos que acompañan al suyo en el número 4 de Cuadernos de Alzate habrá podido comprobar hasta qué punto su "condición necesaria y casi suficiente" es imposible.
NOTAS AL CAPITULO 8:
(194) Manuel Arroyo: Entrevista con el lehendakari: "La fórmula de Gobierno monocolor y pacto de legislatura no ha cuajado". En el CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO del 12 de octubre de 1987 páginas 16 y 17.
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(195) E.B.: "Portavoz de Eusko Alkartasuna Izaguirre: "Hay que ser más exigentes con Madrid", en NAVARRA HOY, 12 octubre 1986, página 19.
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(196) Manuel Escudero: "A modo de introducción", en CUADERNOS DE ALZATE, n º 4, 1986/2, página 3.
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(198) Andrés de Blas: "El PSE-PSOE ante una opción de gobierno", en CUADERNOS DE ALZATE n º 4, 1986/2, página.19.
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(199) Ludolfo Paramio: "La crisis del nacionalismo y el futuro de la nación", en CUADERNOS DE ALZATE n º 4, 1986/2, páginas 41 y 42.
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(200) Javier Garayalde: "¿Es posible realmente un nacionalismo moderado?", CUADERNOS DE ALZATE n º 4, 1986/2, páginas 30 y 31.
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(204) José Ramón Recalde: "La afirmación de Leviatan", en CUADERNOS DE ALZATE n º 4 1986/2, página 47.
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(205) Juan José Solozabal: "La pacificación del Pueblo Vasco", en CUADERNOS DE ALZATE, n º 4, 1986/2, páginas 24 y 25.
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